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Deporte universitario, salud mental y comunidad

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Publicado: 14 Enero 2026
Visitas: 107

Este artículo fue elaborado por el Mtro. Félix Alberto Capilla Pérez, director de Cultura Física y Deporte de la Universidad Autónoma de Querétaro, quien, desde su experiencia en la gestión del deporte universitario, reflexiona sobre el papel estratégico de la actividad física como herramienta clave para el bienestar integral, la salud mental y la construcción de comunidad en el ámbito universitario.

En diversas investigaciones realizadas entre 2020 y 2025 se reporta que entre el 38 % y el 67 % de los universitarios experimentan niveles medios a altos de estrés académico. Este estrés elevado se asocia directamente con bajo rendimiento académico, dificultades de concentración, trastornos del sueño y, en muchos casos, con un mayor riesgo de deserción. La relación es clara: a mayor estrés percibido, peor desempeño y mayor probabilidad de abandono. Factores como la sobrecarga académica, los problemas económicos y la salud mental contribuyen a estas cifras. El estrés crónico no solo afecta al individuo, sino que también genera menor motivación, reprobación y, en ocasiones, abandono escolar.

La práctica de la actividad física y el deporte resulta clave para combatir este fenómeno. Fomentar hábitos de actividad física regular reduce el estrés, mejora la autorregulación emocional y fortalece la resiliencia. Al movernos juntos, construimos comunidad y prevenimos problemáticas que conducen a la deserción. En la administración de la rectora Dra. Silvia Amaya, desde la Secretaría de Vinculación, el deporte representa mucho más que un conjunto de eventos o infraestructura: constituye una apuesta estratégica por el desarrollo humano integral, en el marco del Plan Institucional de Desarrollo (PIDE), con una visión humanista y transformadora.

Desde la perspectiva de la Dirección de Cultura Física y Deporte, uno de los aspectos más valiosos y menos visibles de esta política es el énfasis en la formación de hábitos de disciplina física como pilar fundamental de la salud mental y, sobre todo, como una poderosa herramienta de construcción comunitaria en un entorno tan diverso y plural como el nuestro.

La UAQ, con más de 33 mil estudiantes, enfrenta el enorme reto de generar comunidad; en este contexto, el deporte universitario opera como un amalgama social muy particular. La disciplina física sostenida —entrenamientos, rutinas, cuidado de la alimentación y tolerancia a la frustración— genera formas de autorregulación emocional que resultan difíciles de alcanzar únicamente mediante recomendaciones generales. Ese autocontrol y resiliencia que se entrenan en la cancha, la alberca o el gimnasio se trasladan, cuando se practican de manera sistemática, al aula, al laboratorio y a cualquier espacio académico donde exista convivencia social.

Desde el punto de vista de la salud mental colectiva, estos hábitos regulares de movimiento contribuyen a reducir los niveles de ansiedad y los síntomas depresivos que han aumentado de forma dramática entre la población estudiantil en la etapa postpandemia. Pero más allá del beneficio individual, también crean capital social: confianza, reciprocidad y sentido de pertenencia. En una universidad pública, este capital social es uno de los bienes más valiosos que podemos generar.

Nuestra visión no limita el deporte a la obtención de medallas —aunque las hay, con un resultado histórico en 2025—, sino que lo concibe como parte de una formación integral que dialoga con la equidad, la inclusión, la sustentabilidad y la responsabilidad social.

El deporte universitario es un ejemplo de política pública inteligente que promueve hábitos de disciplina física sostenida y genera, de manera simultánea, salud mental, mayor capacidad de autorregulación y una convivencia que enriquece la pluralidad, dando como resultado una comunidad universitaria más cohesionada y resiliente. Una UAQ que se mueve junta aprende a pensar y a convivir mejor, construyendo metas comunes desde la unión.

 
 
 

El cuidado de la salud mental

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Publicado: 14 Enero 2026
Visitas: 82

Este artículo fue desarrollado por la Dra. en C.S. Ruth Magdalena Gallegos Torres, académica de la Facultad de Enfermería, quien, desde su experiencia profesional y académica, aborda la importancia de la salud mental en el contexto universitario, así como la necesidad de fomentar el autocuidado, la detección oportuna y la adopción de estrategias que contribuyan al bienestar integral de la comunidad.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), la salud mental se define como “un estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, trabajar de forma productiva y fructífera, y es capaz de hacer una contribución a su comunidad”.

Como docentes, lo sabemos: ¿quién de nuestros alumnos no ha presentado, desde la pandemia, ansiedad o depresión?, ¿cuántos jóvenes universitarios han tenido que recurrir a tratamiento médico para el manejo de estas condiciones? Y eso, sin siquiera hablar de evaluarnos a nosotros mismos.

En 2024, de más de 300 mil casos atendidos en el sistema de salud mexicano por situaciones vinculadas a la salud mental, el 52.8 % correspondió a ansiedad y el 25.1 % a depresión. El porcentaje restante se distribuye entre Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, diversos trastornos psiquiátricos, trastornos de la conducta, entre otros.

Como se señala en la definición de la OMS, parte de la salud mental implica el autoconocimiento, un aspecto que debe fomentarse en todos, especialmente en los estudiantes, de manera que puedan reconocer claramente las “banderas rojas” de alarma, saber qué hacer ante ellas y considerar alternativas como el deporte o la actividad física, ampliamente documentadas por su efecto positivo o paliativo en estas condiciones.

La lectura como encuentro

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Publicado: 13 Enero 2026
Visitas: 160

Como parte de su servicio social en la modalidad de Trabajo Comunitario, estudiantes de distintas licenciaturas de la Universidad Autónoma de Querétaro participaron en el proyecto “Creación de espacios de mediación lectora a través de los libros álbumes para trabajar con infancias”, desarrollado en la comunidad de El Tejocote, municipio de Tequisquiapan.

El proyecto estuvo a cargo de la Dra. Cutzi Luz María Quezada Pichardo y la Dra. Selene Maya, de la Facultad de Lenguas y Letras, y tuvo como objetivo diseñar e implementar talleres de mediación lectora dirigidos a niñas y niños de entre 6 y 12 años, a partir de una metodología especializada que permitiera el encuentro con la lectura desde el goce, la interpretación personal y el diálogo colectivo.

En esta experiencia participaron Ainara Zapata Rodríguez, Blanca Arauna Suárez Olguín, Derek Eduardo Contreras Olivares y Zacnité Soria Mota, estudiantes de la Licenciatura en Estudios Literarios; Ximena Villanueva Terrazas y Zaira Marian Corbella Hernández, de Psicología Social. A lo largo del proyecto, el equipo atendió aproximadamente a 18 niñas y niños, distribuidos en turnos matutinos y vespertinos, con la participación ocasional de infancias más pequeñas que se integraban al espacio de lectura.

De acuerdo con las y los estudiantes, el eje central del proyecto fue entender la lectura como una experiencia amplia, que va más allá del texto escrito. “No se trata solamente de leer palabras, sino de reconocer que hay muchísimas maneras de leer el mundo”, compartió Zacnité Soria Mota, al referirse al trabajo con libros álbum, donde la imagen, la interpretación y la experiencia personal de cada niña y niño se volvieron elementos clave.

La dinámica del servicio social implicó no solo la planeación e impartición de talleres, sino también la vida comunitaria, el trabajo colaborativo y la organización cotidiana. El grupo se dividía para atender los talleres, preparar alimentos, limpiar y planear las sesiones siguientes, generando espacios de diálogo al final del día para compartir lo vivido con la comunidad infantil.

Desde la mirada de las estudiantes de Estudios Literarios, el proyecto permitió replantear la lectura como una práctica viva y situada. Para Zacnité Soria Mota, uno de los mayores aprendizajes fue reconocer el interés genuino de las infancias por interpretar el mundo desde sus propias experiencias: “Nos sorprendió que muchos de los niños estaban interesados no tanto en lo académico, sino en las formas de leer el mundo, porque así es como ellos lo perciben”, señaló. Asimismo, destacó la disposición constante de la comunidad para que el proyecto pudiera llevarse a cabo, así como la participación activa de las y los niños en los talleres.

Por su parte, Zaira Marian Corbella Hernández, estudiante de Psicología Social, subrayó la dimensión comunitaria y humana que atravesó toda la experiencia. “Algo que me impresionó personalmente fue que la gente de allá es muy amable. Cuando tuvimos problemas con la difusión, ellos nos ayudaron; incluso cuando nos enfermamos, nos llevaban cosas o nos decían dónde conseguir comida barata”, compartió. Esta cercanía permitió que el proyecto se sostuviera más allá de los talleres, fortaleciendo el vínculo entre el equipo universitario y la comunidad de El Tejocote.

En el mismo sentido, Ximena Villanueva Terrazas resaltó las particularidades del contexto rural y cómo estas influyeron en la forma de relacionarse con las infancias. “Se siente mucho la calidez del ritmo de vida con el que se vive allá, es muy distinto a la ciudad”, explicó. Además, enfatizó que la percepción y las experiencias de las niñas y niños de la comunidad son distintas a las de contextos urbanos: “La perspectiva de los niños de esta comunidad es un poco más adulta, sus actividades y su manera de ver el mundo son diferentes”. Para ella, esta vivencia confirmó que el aprendizaje más significativo ocurre cuando la teoría se encuentra con la realidad.

Entre los principales retos enfrentados estuvo la difusión de los talleres, pues las fechas coincidieron con eventos comunitarios como graduaciones. Sin embargo, el acompañamiento de las y los habitantes de El Tejocote fue fundamental. “La gente de la comunidad fue muy amable; nos ayudaron a correr la voz, y siempre estuvieron dispuestos a apoyarnos”, señalaron las estudiantes, quienes destacaron la calidez y solidaridad que encontraron durante su estancia.

La experiencia también permitió a las y los participantes reflexionar sobre las diferencias entre las infancias en contextos rurales y urbanos, así como sobre los ritmos de vida de una comunidad pequeña, donde la cercanía y el cuidado colectivo son parte del día a día. Este acercamiento directo con la realidad social de la región representó un aprendizaje significativo tanto a nivel profesional como humano.

Finalmente, las estudiantes coincidieron en que este tipo de proyectos fortalecen la formación universitaria, al vincular el conocimiento académico con la práctica comunitaria. “Es muy distinto leer sobre la realidad que vivirla. La universidad nos brinda oportunidades que transforman nuestra manera de mirar y de ejercer nuestra profesión”, compartieron.

Además del impacto en la población infantil, la experiencia representó un ejercicio de interdisciplinariedad, al reunir a estudiantes de Estudios Literarios y Psicología Social en un mismo espacio de intervención. Esta colaboración permitió enriquecer los talleres desde distintas miradas, combinando el análisis literario, la mediación cultural y la comprensión de los procesos psicosociales presentes en la infancia. Para las estudiantes de Psicología, participar en un proyecto originado desde otra licenciatura amplió su comprensión sobre el trabajo comunitario y el valor de construir saberes desde la práctica compartida.

Las y los participantes destacaron que el servicio social no solo les permitió aplicar conocimientos adquiridos en el aula, sino también desarrollar habilidades como la empatía, la escucha activa y el trabajo en equipo, fundamentales para su ejercicio profesional futuro. La convivencia cotidiana con la comunidad de El Tejocote dejó aprendizajes que trascienden lo académico y reafirmó la importancia de generar proyectos universitarios con enfoque social, donde la lectura se convierte en un puente para el encuentro, el diálogo y la construcción colectiva de significados.

 

Conocer para conservar

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Publicado: 08 Enero 2026
Visitas: 430

El Dr. Luis Gerardo Hernández Sandoval, profesor investigador de la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad Autónoma de Querétaro, es uno de los botánicos mexicanos con mayor trayectoria en el estudio, documentación y conservación de la flora nacional. Su labor académica, científica y docente fue recientemente reconocida con la Medalla al Mérito Botánico, hoy denominada “Medalla Graciela Calderón y Jerzy Rzedowski”, distinción otorgada a especialistas cuya contribución ha sido fundamental para el conocimiento botánico en México.

El Dr. Hernández Sandoval es biólogo egresado de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa. Posteriormente realizó el doctorado en Botánica en la Universidad de Texas, en Austin, formación que consolidó su interés por la diversidad vegetal y el estudio profundo de las plantas.

Tras concluir sus estudios doctorales, trabajó durante un periodo en la Universidad de Tamaulipas, experiencia que marcó el inicio de proyectos enfocados en plantas útiles y en el conocimiento de su relación con las comunidades. En 1994 se incorporó a la UAQ, combinando la docencia con la investigación científica, una actividad que, como él mismo expresa, disfruta profundamente.

Aunque desde su formación como biólogo mostró interés por múltiples áreas, su inclinación definitiva por la botánica surgió gracias a la guía del Dr. Francisco González Medrano, investigador de la UNAM. Bajo su acompañamiento, tuvo la oportunidad de realizar trabajo de campo y conocer plantas de diversas regiones del país. La cercanía con la naturaleza, las salidas al campo y la enseñanza directa fueron decisivas para que naciera su amor por las plantas.

Entre las actividades que más disfruta el Dr. Hernández Sandoval se encuentra la docencia, especialmente la enseñanza directa en campo. Imparte cursos en los que lleva a sus estudiantes a conocer las áreas de conservación de Querétaro, con el objetivo de que aprendan a reconocer las especies en su entorno natural.

Asimismo, desarrolla una parte fundamental de su trabajo en el Herbario Jerzy Rzedowski (QMEX) de la UAQ, donde se estudian, identifican y clasifican las plantas recolectadas. La taxonomía, la determinación de familias y especies, y el análisis detallado de cada ejemplar forman parte de una labor científica que considera esencial para el conocimiento del patrimonio natural.

En los últimos años, su investigación se ha enfocado de manera particular en la agrobiodiversidad, analizando los usos que las comunidades dan a las plantas, sus formas de cultivo y los procesos de domesticación. Este enfoque integra el conocimiento científico con el saber tradicional, ampliando la comprensión del valor social y cultural de la flora.

Para el Dr. Hernández Sandoval, cuando existe vocación y compromiso, los retos se vuelven manejables. Sin embargo, reconoce que uno de los principales obstáculos para la botánica en México es el financiamiento de la investigación, especialmente de los estudios básicos, que en ocasiones son subestimados.

Subraya que sin un conocimiento sólido de los recursos naturales y del patrimonio biológico del país, resulta imposible avanzar hacia investigaciones más profundas o aplicaciones de mayor impacto. A ello se suman los riesgos del trabajo de campo, como la presencia de fauna peligrosa o situaciones de inseguridad, aunque destaca que, afortunadamente, nunca han enfrentado problemas graves.

El Dr. Hernández Sandoval enfatiza que México es un país con una riqueza vegetal extraordinaria: de aproximadamente 24 mil especies de plantas, cerca de 7 mil son comestibles, y alrededor de mil poseen un alto valor nutritivo. Desde su perspectiva, el desconocimiento de estos recursos contrasta con los problemas de hambre y desnutrición existentes en el país.

Considera que el estudio y la conservación de la flora no solo tienen un valor ecológico, sino también social, económico y cultural, ya que muchas plantas cumplen funciones esenciales para la alimentación, la salud y el bienestar de las comunidades.

Recibir esta medalla representa para el Dr. Hernández Sandoval un orgullo y un reconocimiento inesperado. Considera que este logro es compartido con la Universidad Autónoma de Querétaro, en la que ha desarrollado su labor durante más de tres décadas, así como con sus colegas y, de manera muy especial, con sus estudiantes.

Recuerda que, al ser contratado, le expresaron el deseo de que sus alumnos fueran mejores que él, un ideal que ha guiado su práctica docente. Espera que este reconocimiento sirva como ejemplo e inspiración para las nuevas generaciones de universitarios.

Lejos de marcar un punto de cierre, este premio refuerza su compromiso de seguir trabajando, investigando y enseñando. Para el Dr. Hernández Sandoval, el reconocimiento es momentáneo, pero la necesidad de conocer y conservar las plantas del país es permanente.

Finalmente, invita a las y los universitarios a acercarse a la botánica, una disciplina con múltiples áreas de desarrollo, desde el estudio de las interacciones ecológicas y la polinización, hasta la investigación de compuestos químicos con aplicaciones medicinales y alimentarias. Subraya que las plantas son fundamentales para la vida, pues producen el oxígeno que respiramos, y conocerlas es una responsabilidad compartida.

Bebidas funcionales, ¿qué son?

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Publicado: 06 Enero 2026
Visitas: 479

Este artículo fue desarrollado por la IIA. Grecia Lizbeth Ramírez, estudiante de la Maestría en Ciencia y Tecnología de Alimentos de la Facultad de Química, bajo la asesoría de la Dra. Rocío Campos Vega, profesora investigadora. A través de este trabajo, las autoras abordan el tema de las bebidas funcionales desde una perspectiva científica y actual, analizando su definición, clasificación y relevancia dentro de la industria alimentaria, así como su creciente importancia en la promoción de la salud y el bienestar a partir de la alimentación consciente.

En los últimos años, el interés por cuidar la salud a través de la alimentación ha crecido notablemente. Cada vez más personas buscan productos que, además de nutrir, ofrezcan beneficios a la salud y contribuyan a prevenir enfermedades. Dentro de esta tendencia surgen las bebidas funcionales, una categoría de bebidas que ha ganado un papel destacado dentro de la industria alimentaria.

Una bebida funcional se define como toda bebida no alcohólica que, además de proporcionar nutrientes, ofrece algún beneficio adicional a la salud gracias a sus componentes naturales o a la incorporación de compuestos de origen vegetal, animal o microbiano. De acuerdo con Gupta et al. (2023), este tipo de bebidas se ha diversificado enormemente, ya que pueden estar orientadas a diferentes grupos de la población, como deportistas, niños, adultos mayores o personas con un sistema inmunológico comprometido. Esto abre la posibilidad de usar distintos ingredientes para mejorar tanto la formulación como el valor nutricional y funcional del producto final. Sin embargo, durante la etapa de desarrollo, uno de los mayores retos para los investigadores y productores es lograr que las bebida también tenga un sabor, aroma y textura agradable para el consumidor.

El creciente interés por una alimentación más consciente ha impulsado la popularidad de estos productos. Ya que, la demanda de este tipo de bebidas se ha incrementado como respuesta a una mayor conciencia sobre la salud, la nutrición y la prevención de enfermedades. Según Kaur et al. (2024), las bebidas funcionales suelen ser enriquecidas con compuestos antioxidantes, prebióticos, probióticos, fibras, aminoácidos o ácidos grasos insaturados; todos ellos asociados con beneficios a la salud. Gracias a esto, se convierten en una alternativa atractiva para prevenir enfermedades y promover el bienestar general. Asimismo, Sugajski et al. (2023) señala que las bebidas funcionales pueden clasificarse según su base o composición: lácteas y no lácteas, fermentadas, a base de frutas y verduras, de hierbas, cereales o legumbres. Por ejemplo, las bebidas deportivas buscan rehidratar y reponer electrolitos; las aguas fortificadas incorporan vitaminas y minerales; los batidos proteicos favorecen la recuperación muscular; y las bebidas fermentadas, como el kéfir o la kombucha, promueven la salud digestiva gracias a su contenido de microorganismos benéficos. En ciertos casos, incluso algunas bebidas funcionales pueden sustituir una comida completa por su equilibrio nutricional.

En conclusión, las bebidas funcionales representan una convergencia entre ciencia, salud y satisfacción alimentaria. Su desarrollo implica comprender las necesidades del ser humano y conocer las expectativas del consumidor. Por lo tanto, este tipo de productos cuenta con gran potencial para el consumidor y para fortalecer el crecimiento económico de la industria alimentaria. Es decir, más allá de una tendencia, las bebidas funcionales simbolizan una nueva forma de alimentarse con conciencia.

 

Figura 1. Imagen ilustrativa de bebidas funcionales

          (Kaplan, 2025)

 

Referencias:

Gupta, A., Sanwal, N., Bareen, M. A., Barua, S., Sharma, N., Olatunji, O. J., Nirmal, N. P., & Sahu, J. K. (2023). Trends in functional beverages: Functional ingredients, processing technologies, stability, health benefits, and consumer perspective. Food Research International, 170, 113046. https://doi.org/10.1016/j.foodres.2023.113046

Kaplan, A. (2025). Packaging: A crucial ingredient in functional beverages. Packaging Digest. https://www.packagingdigest.com/beverage-packaging/packaging-a-crucialingredient-in-functional-beverages

Kaur, R., Shekhar, S., & Prasad, K. (2024). Functional beverages: recent trends and prospects as potential meal replacers. Food Materials Research, 4(1).

Sugajski, M., Buszewska-Forajta, M., & Buszewski, B. (2023). Functional beverages in the 21st Century. Beverages, 9(1), 27. https://doi.org/10.3390/beverages9010027

 

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