Este artículo fue elaborado por el Mtro. Félix Alberto Capilla Pérez, director de Cultura Física y Deporte de la Universidad Autónoma de Querétaro, quien, desde su experiencia en la gestión del deporte universitario, reflexiona sobre el papel estratégico de la actividad física como herramienta clave para el bienestar integral, la salud mental y la construcción de comunidad en el ámbito universitario.
En diversas investigaciones realizadas entre 2020 y 2025 se reporta que entre el 38 % y el 67 % de los universitarios experimentan niveles medios a altos de estrés académico. Este estrés elevado se asocia directamente con bajo rendimiento académico, dificultades de concentración, trastornos del sueño y, en muchos casos, con un mayor riesgo de deserción. La relación es clara: a mayor estrés percibido, peor desempeño y mayor probabilidad de abandono. Factores como la sobrecarga académica, los problemas económicos y la salud mental contribuyen a estas cifras. El estrés crónico no solo afecta al individuo, sino que también genera menor motivación, reprobación y, en ocasiones, abandono escolar.
La práctica de la actividad física y el deporte resulta clave para combatir este fenómeno. Fomentar hábitos de actividad física regular reduce el estrés, mejora la autorregulación emocional y fortalece la resiliencia. Al movernos juntos, construimos comunidad y prevenimos problemáticas que conducen a la deserción. En la administración de la rectora Dra. Silvia Amaya, desde la Secretaría de Vinculación, el deporte representa mucho más que un conjunto de eventos o infraestructura: constituye una apuesta estratégica por el desarrollo humano integral, en el marco del Plan Institucional de Desarrollo (PIDE), con una visión humanista y transformadora.
Desde la perspectiva de la Dirección de Cultura Física y Deporte, uno de los aspectos más valiosos y menos visibles de esta política es el énfasis en la formación de hábitos de disciplina física como pilar fundamental de la salud mental y, sobre todo, como una poderosa herramienta de construcción comunitaria en un entorno tan diverso y plural como el nuestro.
La UAQ, con más de 33 mil estudiantes, enfrenta el enorme reto de generar comunidad; en este contexto, el deporte universitario opera como un amalgama social muy particular. La disciplina física sostenida —entrenamientos, rutinas, cuidado de la alimentación y tolerancia a la frustración— genera formas de autorregulación emocional que resultan difíciles de alcanzar únicamente mediante recomendaciones generales. Ese autocontrol y resiliencia que se entrenan en la cancha, la alberca o el gimnasio se trasladan, cuando se practican de manera sistemática, al aula, al laboratorio y a cualquier espacio académico donde exista convivencia social.
Desde el punto de vista de la salud mental colectiva, estos hábitos regulares de movimiento contribuyen a reducir los niveles de ansiedad y los síntomas depresivos que han aumentado de forma dramática entre la población estudiantil en la etapa postpandemia. Pero más allá del beneficio individual, también crean capital social: confianza, reciprocidad y sentido de pertenencia. En una universidad pública, este capital social es uno de los bienes más valiosos que podemos generar.
Nuestra visión no limita el deporte a la obtención de medallas —aunque las hay, con un resultado histórico en 2025—, sino que lo concibe como parte de una formación integral que dialoga con la equidad, la inclusión, la sustentabilidad y la responsabilidad social.
El deporte universitario es un ejemplo de política pública inteligente que promueve hábitos de disciplina física sostenida y genera, de manera simultánea, salud mental, mayor capacidad de autorregulación y una convivencia que enriquece la pluralidad, dando como resultado una comunidad universitaria más cohesionada y resiliente. Una UAQ que se mueve junta aprende a pensar y a convivir mejor, construyendo metas comunes desde la unión.



