Autor: Dra. en C.S. Ruth Magdalena Gallegos Torres, Facultad de Enfermería.
Todos conocemos el estrés, ya que, sin duda, podemos afirmar que lo experimentamos en mayor o menor medida. La Organización Mundial de la Salud lo define como un estado de preocupación o tensión mental derivado de una o más situaciones difíciles; es decir, una respuesta ante “amenazas” o estímulos. Sin embargo, estas amenazas no suelen ser reales, sino preocupaciones relacionadas con situaciones como reprobar un examen, no tener tiempo suficiente para realizar nuestras actividades, dormir tarde o no ver a alguien, entre muchas otras posibilidades.
El estrés afecta al organismo de distintas maneras, y sus manifestaciones varían de una persona a otra. Entre las respuestas físicas más comunes se encuentran el dolor de cabeza, los mareos, la falta o el exceso de apetito, el insomnio y las dificultades para concentrarse. En el plano mental y emocional, puede favorecer la aparición de estados de ansiedad y depresión, especialmente cuando se mantiene durante periodos prolongados.
Existen múltiples encuestas e instrumentos validados para medir distintos tipos de estrés, como el estrés general, académico y laboral. Lo más importante es reconocer su presencia y no negarlo. Las acciones para regular sus niveles no suelen ser costosas y pueden incluir caminar, escribir en un diario, hacer ejercicio, meditar o convivir con una mascota y cuidarla, entre muchas otras. Nuevamente, cada persona debe identificar aquellas estrategias que le resulten más útiles y efectivas.