En 1990, Ana María Sánchez Méndez llegó a la UAQ como asistente administrativa, nunca imaginó que una suplencia cambiaría su rumbo. En agosto de 1991 se integró a la Coordinación de Prensa. Lo que parecía algo momentáneo, se convirtió en una historia de casi tres décadas, que permanece en cientos de páginas. Para quienes la conocieron en esos periodos, era “Anita”. Un nombre que era sinónimo de confianza, paciencia y atención al detalle, capaz de detectar cualquier error.

Palabras tecla por tecla

Su habilidad en ortografía y gramática la llevó a asumir un compromiso como correctora. Era una época distinta, los documentos se escribían en máquinas mecánicas, cada tecla dejaba una marca. “Cualquier error era imborrable, muchas veces se tenía que volver a escribir todo”, recuerda.

Las jornadas estaban acompañadas por el sonido de las teclas, hojas de papel y correcciones hechas a mano. Después llegaron los correctores líquidos, las máquinas eléctricas y, más tarde, la revolución tecnológica que transformó las oficinas universitarias. “Para mí fue más complicado pasar de la máquina eléctrica a la computadora. Me preguntaba cómo se prendía y cómo funcionaba. Fue un periodo difícil para todos, pero ayudó mucho al trabajo”, confiesa.

Durante años, vio pasar generaciones de reporteros, fotógrafos, diseñadores y colaboradores. Muchos llegaron como estudiantes o recién egresados y, con el tiempo, se convirtieron en profesionistas consolidados. “Verlos desarrollarse es una alegría, me tocó ver a muchos jovencitos que se profesionalizaron”, comparte.

Esta cercanía le permitió conocer el esfuerzo detrás de cada nota publicada. Para ella, Gaceta nunca fue solamente un conjunto de páginas impresas; era el resultado de incontables horas de trabajo que pocas veces se ven.

Lo que el lector no sabe

Anita fue testigo de la evolución de la publicación; conoció todos los formatos, logotipos, diseños y tamaños. Presenció el paso de la fotografía análoga a la digital; del revelado en laboratorio a la posibilidad de revisar cientos de imágenes. Lo que nunca cambió fue el trabajo. “Nosotros leemos, pero a veces no sabemos del viaje en la madrugada, del desvelo para que saliera una nota, de buscar información y transcribir en el camino o de poner recursos propios para resolver”, comparte. Detrás de cada edición hay personas que hacen posible que la información llegue. 

Para ella, uno de los mayores valores de la revista es su capacidad para conservar el legado. “La labor de la gaceta es vital, porque se vuelve un documento de consulta, una referencia de lo acontecido y de cómo nuestra institución ha crecido”.

El orgullo de ser parte

Cuando recuerda su trayectoria, no habla de reconocimientos individuales, sino de equipo; desde coordinadores hasta personal de imprenta o repartidores, de todas las manos que participaron para que cada edición llegara. “Todas las piezas son importantes para que salga una publicación, sin un buen trabajo en conjunto, la revista no sale”, afirma. Por ello, guarda con cariño los momentos en que encontraba a integrantes de la comunidad buscando alguna edición en particular. “Saber que la gente la esperaba me daba mucha satisfacción”.

Al hablar de sus recuerdos, comparte: “Me gustaría que se recordara el trabajo, cada quien puso su granito de arena, creo que quienes participamos nos sentimos muy agradecidos de ser parte”.

Desde la gestión del Rector Jesús Pérez Hermosillo hasta la administración de la Rectora Teresa García Gasca, Ana María acompañó la evolución de la comunicación universitaria. Su nombre quizá no figuró en cada número, pero sí quedó plasmado en cada página o texto que revisó. Con la voz entrecortada por la emoción, Anita resume su historia en una frase: “Gaceta es parte de mi vida y de mi paso por la Universidad. Es algo de lo que me siento sumamente orgullosa”.