Una flor puede parecer un elemento pequeño dentro de un paisaje, pero a su alrededor se desarrollan procesos esenciales para la vida. Insectos que buscan alimento, plantas que dependen de la polinización y organismos que habitan el suelo forman parte de una compleja red de relaciones que contribuye al equilibrio y funcionamiento de los ecosistemas. Comprender esas interacciones es parte del trabajo de la Dra. Olga Lidia Gómez Nucamendi, profesora investigadora de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ) y responsable del Área de Investigación sobre Interacciones Planta-Animal (IPLAN), quien ha encontrado en el jardín de polinizadores “Zumbido de Interacciones” de la Facultad de Ciencias Naturales, Campus Juriquilla, un espacio donde la investigación científica y la conservación de la biodiversidad se encuentran.

Esta iniciativa comenzó a desarrollarse en 2022 [01] como parte de las actividades de investigación del área, con el propósito de aprovechar uno de los espacios de la Facultad y transformarlo en un lugar favorable para distintas formas de vida. El jardín ofrece alimento y recursos a los polinizadores, favorece la presencia de plantas nativas y permite conocer las relaciones entre diferentes organismos. Al mismo tiempo, demuestra que la conservación no depende necesariamente de grandes extensiones de terreno, pues también puede impulsarse desde espacios pequeños con beneficios que van más allá de los animales que visitan las flores.

El interés por comprender estas relaciones tiene sus raíces en la trayectoria académica de la investigadora. Egresada de la Licenciatura en Biología de la Universidad Autónoma de Ciencias y Artes de Chiapas (UNICACH), inició su acercamiento a la investigación mediante un inventario de esfíngidos, una familia de polillas, en la Reserva de la Biosfera El Ocote. Esta experiencia despertó su interés por la taxonomía y las relaciones ecológicas. Posteriormente, continuó su formación de posgrado en la UAQ, donde centró sus investigaciones en el estudio de las interacciones bióticas, particularmente en la florivoría, que ocurre cuando ciertos organismos se alimentan de las estructuras florales y les ocasionan daños, así como en el efecto de los hongos micorrízicos arbusculares (HMA) sobre la asignación de recursos en las plantas y su relación con la polinización.

Bajo esta perspectiva surgió la propuesta de establecer un jardín de polinizadores como una extensión del trabajo desarrollado en el IPLAN, un espacio destinado a desarrollar experimentos sobre interacciones biológicas. Lo que inicialmente respondió a la necesidad de contar con infraestructura para la investigación se convirtió también en una oportunidad para vincular el conocimiento científico con acciones concretas de conservación de la biodiversidad.

Para la Dra. Olga, proteger a la naturaleza requiere esfuerzos en distintas escalas. Aunque las acciones de conservación de mayor alcance son indispensables, también existen oportunidades para contribuir desde los espacios que forman parte de la vida cotidiana. Universidades, escuelas, parques y hogares pueden convertirse en lugares que favorezcan la biodiversidad, siempre que se consideren las características y necesidades de las especies que se busca beneficiar.

Esta visión de la conservación se refleja en el manejo del jardín, donde la atención no se concentra únicamente en los polinizadores. Los organismos del suelo, los herbívoros y las distintas interacciones que ocurren entre las especies forman parte de los procesos ecológicos que se busca favorecer. Por ello, el cuidado de la vegetación va acompañado de prácticas que procuran mantener condiciones adecuadas para otras formas de vida. En el jardín se evita el uso de productos químicos y se utiliza composta para mejorar el suelo y aprovechar los residuos orgánicos.

Otro aspecto importante es la selección de las plantas, ya que de ellas depende, en buena medida, la disponibilidad de alimento para los polinizadores a lo largo del año. Se trabaja con especies nativas y se procura combinar distintas formas de vegetación, desde hierbas hasta arbustos y árboles. También se consideran sus periodos de floración, con el fin de que el jardín cuente con flores en diferentes momentos y pueda ofrecer recursos durante periodos prolongados.

Entre las plantas que menciona la investigadora se encuentran lantanas o cinco negritos (Lantana camara), salvias (Salvia sp.), toronjil (Agastache mexicana), algodoncillo (Asclepias sp.), petunia (Ruellia sp.), muicle (Justicia spicigera), retama (Tecoma stans) y palo bobo o cazahuate (Ipomoea murucoides). Cada una contribuye de manera distinta a la diversidad del jardín: algunas mantienen sus flores durante periodos amplios, mientras que otras ofrecen recursos en determinadas épocas del año. El palo bobo, por ejemplo, atrae a diferentes visitantes florales, entre ellos murciélagos, abejas y otros insectos, lo que permite observar la variedad de organismos que pueden relacionarse con la misma planta.

Sin embargo, no basta con elegir plantas que produzcan muchas flores; también es necesario conocer su distribución natural y las condiciones de cada región. La lantana, por ejemplo, puede florecer durante buena parte del año en las zonas donde se distribuye naturalmente. No obstante, la investigadora advierte que una especie adecuada para un sitio puede convertirse en un problema ambiental cuando se introduce en otro donde no pertenece. De ahí la importancia de informarse sobre la vegetación nativa antes de seleccionar las plantas que formarán parte de un jardín.

Contar con distintas especies y periodos de floración adquiere especial relevancia durante la temporada de sequía, cuando disminuye la disponibilidad de recursos para la fauna. En esas condiciones, los espacios que conservan plantas en flor pueden convertirse en pequeños oasis, donde diversos animales encuentran alimento en momentos en que este recurso es más escaso.

Además de los beneficios ecológicos, el jardín se ha convertido en un espacio de participación y aprendizaje para la comunidad universitaria. Estudiantes de la Licenciatura en Biología y de otras áreas se han sumado a las labores de siembra y mantenimiento mediante actividades académicas y a través del voluntariado. El proyecto también recibió apoyo del Fondo de Proyectos Especiales de Rectoría (FOPER) en 2023, que permitió incorporar elementos como dos bancas y senderos, contribuyendo al acondicionamiento del espacio.

Más allá de las labores desarrolladas, la participación estudiantil ha dado lugar a vínculos que permanecen con el paso del tiempo. Para la investigadora, una de las mayores satisfacciones es encontrarse con personas que colaboraron durante sus estudios y que continúan visitando el jardín incluso después de egresar. Estas experiencias reflejan que el espacio no solo crece con las plantas que se incorporan, sino también con los conocimientos, experiencias y aprendizajes compartidos por quienes participan en su cuidado.

El aprovechamiento de las plantas también forma parte de las actividades que se llevan a cabo en este espacio. Cuando se requiere, pueden destinarse a la docencia, la investigación o la cocina, según la especie y el uso correspondiente. Asimismo, se reproducen ejemplares o se cosechan semillas para compartirlos y contribuir al establecimiento de nuevos espacios verdes, extendiendo el alcance del proyecto más allá del propio jardín.

La observación de las especies que llegan al jardín ha abierto, además, otra forma de acercar la biodiversidad a la comunidad: el encuentro entre ciencia y arte. El proyecto documenta mediante fotografías a los visitantes florales y promueve que estudiantes transformen esas imágenes en ilustraciones artísticas. Con más de 50 obras reunidas, la iniciativa busca publicar una obra sobre la diversidad de especies presentes en la Facultad de Ciencias Naturales, una propuesta que combina la observación científica, la creatividad y la difusión del conocimiento sobre los organismos que comparten este espacio universitario.

A partir de esta experiencia, la investigadora invita a reconocer que cada persona puede contribuir a la conservación con decisiones sencillas y desde sus propias posibilidades. No es indispensable disponer de un terreno amplio: una maceta con una planta nativa, un jardín vertical o la participación en un espacio comunitario pueden ser un punto de partida. Estas acciones pueden complementarse con otras prácticas cotidianas, como el cuidado del agua, la separación de residuos, la elaboración de composta o la participación en iniciativas ambientales cercanas.

Aunque reconoce que las responsabilidades diarias suelen dejar poco tiempo libre, considera importante no subestimar el valor de las acciones individuales. Cuidar una planta puede despertar el interés por conocer otras especies, comprender sus necesidades y descubrir las relaciones que mantienen los organismos de su entorno. De esta manera, una actividad aparentemente sencilla puede convertirse en una oportunidad para aprender sobre la biodiversidad y reconocer los beneficios que la naturaleza aporta a nuestra vida.

En el jardín de polinizadores de la UAQ, esta forma de entender la conservación se construye día a día mediante la observación, la siembra, la investigación y el trabajo compartido. Bajo la responsabilidad de la Dra. Gómez Nucamendi y con la participación de estudiantes y personal universitario, el proyecto muestra que un espacio pequeño puede albergar numerosas formas de vida y convertirse, al mismo tiempo, en un lugar para generar conocimiento, fortalecer vínculos y promover el cuidado de la biodiversidad.

 

[01] El IPLAN inició en 2012.