Autores: Diana Patricia Díaz García, Feliciano Milián Suazo
Doctorado en Ciencias Biológicas, Facultad de Ciencias Naturales.


El 24 de marzo de 1882, Robert Koch presentó ante la Sociedad de Fisiología de Berlín el aislamiento del bacilo tuberculoso, un hallazgo que abrió la puerta a la comprensión científica de una enfermedad que había afectado a poblaciones durante milenios. Sin embargo, a pesar de los avances médicos alcanzados, la tuberculosis continúa siendo la principal causa de muerte por un patógeno infeccioso a nivel global. La Organización Mundial de la Salud estima que en 2024 fallecieron 1,23 millones de personas por este padecimiento, cifra que sitúa a la tuberculosis entre las diez primeras causas de mortalidad en el mundo y la convierte en la enfermedad más letal para las personas diagnosticadas con VIH.

La persistencia de esta problemática silenciosa no obedece a la falta de conocimiento científico. Desde los descubrimientos de Koch hasta el desarrollo de la vacuna BCG por Calmette y Guérin y la estreptomicina de Selman Waksman, la medicina dispone de herramientas para combatir el agente causal de la tuberculosis. El problema radica, fundamentalmente, en una brecha entre el saber médico y la realidad social, económica y cultural de millones de personas.

En dos puntos geográficos diferentes se evidenciaron patrones similares. En Vanuatu, nación insular del Pacífico, una investigación reveló que el 94 % de los pacientes con tuberculosis desconocía el origen bacteriano de la enfermedad y lo atribuía a factores como el consumo de kava, el alcohol o prácticas tradicionales conocidas como kastom. Esta desconexión entre el conocimiento científico y las creencias populares no es exclusiva de regiones remotas. En Estados Unidos, una encuesta realizada para evaluar el nivel de conocimiento de la población sobre la tuberculosis evidenció que aún persisten conceptos errados acerca de la transmisión de la enfermedad entre los participantes.

Ambos estudios, a pesar de las enormes diferencias socioculturales, convergen en un punto crítico: las concepciones erróneas sobre la enfermedad constituyen barreras invisibles para el diagnóstico temprano y la terapéutica.

De igual manera, la revisión sistemática más reciente sobre obstáculos globales en el acceso al diagnóstico y tratamiento identifica algunas barreras relacionadas, desde la escasez de información hasta el estigma social, pasando por los costos de transporte y la fragmentación de los servicios sanitarios. Estos elementos no interactúan de forma independiente; se refuerzan mutuamente en un círculo vicioso que impacta a quienes son más vulnerables. En Vanuatu, por ejemplo, la consulta previa a curanderos tradicionales provocaba retrasos diagnósticos de hasta dos semanas, mientras que, en contextos urbanos estadounidenses, la invisibilidad de la infección latente dificultaba que los pacientes valoraran la necesidad de un tratamiento prolongado.

También se evidenció el impacto económico asociado al tratamiento de la tuberculosis. Se estima que cerca del 50 % de las familias que enfrentan la tuberculosis incurren en gastos que superan el 20 % de sus ingresos, lo que perpetúa ciclos de pobreza y enfermedad. La resistencia a los medicamentos, derivada de tratamientos incompletos o inadecuados, añade un desafío aún mayor al control de la enfermedad; en 2024, únicamente dos de cada cinco personas con tuberculosis multirresistente tuvieron acceso a tratamientos adecuados.

La tuberculosis, en lugar de ser un problema superado en la historia de la medicina, constituye un desafío contemporáneo que exige respuestas integrales. Erradicarla para 2050, como se ha comprometido la comunidad internacional, requiere no solo avances farmacológicos, sino una transformación en la manera en que los sistemas de salud se conectan con las comunidades, respetando sus saberes tradicionales mientras construyen alianzas efectivas para la promoción, prevención, detección temprana y tratamiento.

La historia de esta enfermedad, que se remonta a las momias egipcias de 2400 a. C., nos recuerda que las batallas contra los patógenos no se ganan únicamente en los laboratorios, sino en la compleja articulación entre ciencia, cultura y justicia social.

REFERENCIAS:

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