Autora: Geraldine Esquivel Narvaez
Estudiante, Maestría en Ciencias de la Nutrición Humana, Facultad de Ciencias Naturales.


En México solemos hablar de maternidad como si todas las experiencias fueran iguales (Huerta Mata, 2019). Pero el contexto lo cambia todo. Una realidad poco visible es la de las mujeres que crían a sus hijos e hijas sin el padre en el hogar. A veces no se les reconoce como “jefas de familia”, pero muchas, en la práctica, lo son: deciden, cuidan y sostienen en todos los sentidos, sin poder distribuir las cargas físicas y mentales del hogar. Ellas son madres autónomas.

Para entender esta realidad, se revisó información de encuestas nacionales de salud: grandes estudios en los que miles de hogares responden preguntas sobre su vida y su salud (INSP, 2020-2023). El objetivo fue identificar a las madres autónomas, saber cuántas había del 2020 al 2023 en México, en qué contexto social vivían y cómo se encontraba su estado de salud. Los datos muestran que no se trata de un fenómeno raro: 4 de cada 10 madres no vivían con los padres de sus hijos e hijas.

En promedio, las madres autónomas tienen menos acceso a la seguridad social y menor escolaridad que las madres que viven con el padre de sus hijos o hijas. Por ejemplo, alrededor del 62 % de ellas reportó contar con derechohabiencia a servicios de salud, comparado con el 72 % de las madres que sí viven con el padre de sus infancias. También se enfrentan con mayor frecuencia a situaciones de inseguridad alimentaria, es decir, momentos en los que el dinero no alcanza para cubrir una alimentación suficiente y nutritiva para toda su familia (McDonell & Gracia, 2024). En el análisis realizado, alrededor del 71 % de las madres autónomas reportó algún grado de inseguridad alimentaria en su hogar, frente a casi el 69 % de las madres que viven con el padre de sus hijos o hijas.

La alimentación no siempre es una elección personal: también es tiempo disponible, dinero y estabilidad del hogar. Por ello, intentar mantener hábitos saludables cuando el presupuesto es limitado se vuelve una carrera de obstáculos, y más aún si hay niños en casa que alimentar.

En cuanto a enfermedades como diabetes, hipertensión o colesterol alto, los resultados no mostraron diferencias claras relacionadas únicamente con la condición de ser madre autónoma. Es decir, lo que parece influir en la salud no es solo el tipo de maternidad en sí misma, sino el conjunto de condiciones psicológicas y sociales que suelen acompañar la experiencia de criar hijos e hijas sin el padre en el hogar.

Es como una balanza: cuando las cargas económicas, emocionales y organizativas caen en un mismo lado, el equilibrio de la persona se vuelve más frágil. El efecto no se verá de inmediato, pero se irá acumulando.

Ser madre autónoma no es solo una categoría que debería aparecer en una encuesta o en un censo. Es una experiencia humana que con frecuencia ocurre en contextos de menor protección social, menos redes de apoyo y mayor presión económica. Los datos muestran que estas condiciones influyen en su entorno de vida y pueden afectar su bienestar. Cuando las políticas públicas no consideran estas realidades, las desigualdades se profundizan.

Hablar de madres autónomas no es hablar de fragilidad ni de heroísmo. Es reconocer que la salud está muy ligada al contexto en el que se vive. Como madre, sé que criar implica un esfuerzo físico y mental constante. Cuando ese esfuerzo se sostiene con menor corresponsabilidad y menos apoyo estructural, la carga, aunque no sea aparente, existe y se acumula. Y el cuerpo termina por reflejarlo.

Referencias: