El servicio social universitario suele asociarse a tareas administrativas, apoyos en oficinas o colaboraciones en proyectos internos de la institución. Sin embargo, para algunos estudiantes esta experiencia tomó un rumbo distinto: dejar la ciudad para vivir durante un mes en comunidades de la Sierra Gorda, compartir el día a día con sus habitantes y llevar consigo un proyecto de educación financiera.
En el marco del proyecto Educación Financiera para todas y todos. Inclusión en la Educación Financiera, se llevaron a cabo dos brigadas de trabajo comunitario UAQ 2025 en el municipio de San Joaquín, Querétaro. Este proyecto, coordinado por la Lic. Magdalena Jasso Yebra, tiene como objetivo democratizar el acceso a información sobre educación financiera a todas las personas, sin exclusión por género, religión, edad o nivel socioeconómico.
La primera brigada se desarrolló en la localidad de San Cristóbal y estuvo conformada por Emiliano Farid Franco Pérez (Psicología del Trabajo), Estefany Alexandra Bravo Martínez (Psicología del Trabajo) y Jesús García Vargas (Derecho).
La segunda brigada tuvo lugar en la comunidad de Nuevo San Joaquín, integrada por Ana Isabel Hernández Meza (Negocios y Comercio Internacional), Diego Mendoza Salinas (Psicología del Trabajo), Uriel Guerrero Aguas (Derecho) y Zair Pérez González (Psicología del Trabajo).
Estas experiencias representaron un espacio de intercambio en el que la Universidad Autónoma de Querétaro refrenda su compromiso con la formación integral de sus estudiantes y con la construcción de una sociedad más informada e incluyente en el ámbito financiero.
Diego Mendoza Salinas, Estefany Alexandra Bravo Martínez y Emiliano Farid Franco Pérez, todos de séptimo semestre, coincidieron en que la motivación inicial fue la curiosidad: “Queríamos estar en un ambiente nuevo, alejado de la ciudad, con la conciencia de que nos íbamos a enfrentar a retos distintos”, explica Diego. Al integrarse al programa de vinculación universitaria, fueron capacitados en el taller Educación financiera para todas y todos y posteriormente enviados a San Joaquín y San Cristóbal, donde formarían parte de brigadas con otros estudiantes.
La llegada no fue sencilla. Entre ajustes de última hora, la gestión de espacios comunitarios y la necesidad de ganarse la confianza de los pobladores, el inicio fue un proceso de adaptación acelerado. Emiliano recuerda que, en San Cristóbal, la primera tarea fue explicar de manera clara qué era el proyecto y por
qué estaban ahí: “Al inicio hubo trabas en la comunicación y cierta resistencia, porque existía la idea de que hablar de dinero no era tema para todos. Ese tabú fue nuestro primer reto, pero también la puerta para empezar a trabajar”.
El objetivo del proyecto era sembrar las bases de una educación financiera tanto en niños como en adultos. Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que la participación de los adultos era limitada. “En San Joaquín prácticamente no hubo presencia de padres; en San Cristóbal solo una persona se mantuvo constante. Eso nos obligó a centrar los talleres en las infancias”, comparte Estefany. Aun así, este giro permitió que los estudiantes descubrieran una gran receptividad entre los niños, quienes aprendían con entusiasmo a través de juegos como memoramas, serpientes y escaleras o dinámicas de dibujo.
La convivencia cotidiana reforzó este vínculo. Más allá de los talleres, los universitarios compartieron comidas, juegos y conversaciones que les dejaron una visión más amplia de la realidad de las comunidades. Diego recuerda cómo algunos niños le sorprendieron con su habilidad para tocar el piano o con su ingenio para hablar del uso del dinero. “Algunos decían que el dinero servía para comprar dulces, otros mencionaban cosas más serias… y también hubo quien respondió cerveza. Esas respuestas, aunque sencillas, nos permitieron reflexionar sobre lo que ya saben los niños y cómo perciben el mundo adulto”, cuenta entre risas.
El servicio social también estuvo marcado por la calidez de la comunidad. Estefany relata que, al enfermarse durante la última semana, varios padres se acercaron para ofrecerle remedios caseros y hasta un espacio en sus hogares: “Dormíamos en las instalaciones del DIF, donde había goteras, y nos ofrecieron hospedaje. Sentir esa cercanía, lejos de casa, fue algo que me marcó profundamente”.
No todo fue sencillo. En San Cristóbal, el reducido número de brigadistas generó tensiones al repartir responsabilidades, pero el compromiso de la mayoría permitió que el proyecto saliera adelante. Emiliano subraya que uno de los mayores aprendizajes fue entender la importancia de la colaboración, incluso en contextos adversos.
Las experiencias vividas cambiaron la manera en que los tres estudiantes conciben su papel como universitarios y futuros profesionales. “Llegamos con la visión citadina de querer enseñar, pero pronto nos dimos cuenta de que también teníamos mucho que aprender de ellos”, reflexiona Diego. “Las comunidades tienen habilidades y saberes que en la ciudad desconocemos; convivir con ellos fue una retroalimentación constante”.
Estefany coincide en que la experiencia la hizo más consciente de sus privilegios: “En Querétaro damos por hecho que hay escuelas en todas partes, pero allá una comunidad puede tener solo un maestro. Eso te hace dimensionar la importancia de retribuir lo que la universidad nos brinda, porque estudiamos en una institución pública gracias al esfuerzo de toda la sociedad”.
Para Emiliano, lo más valioso fue descubrir la manera en que la universidad puede impactar directamente en la vida de comunidades que, durante años, no habían recibido este tipo de proyectos. “En San Cristóbal nos decían que llevaban cinco años sin tener presencia de universitarios. Ver cómo se reactivaba el DIF y cómo los habitantes lo valoraban nos confirmó que estos proyectos tienen que continuar”.
Al mirar hacia atrás, los tres coinciden en que recomendarían a otros estudiantes vivir un servicio social en comunidad. No solo por el aprendizaje académico o el cumplimiento de un requisito, sino por la oportunidad de salir de la burbuja urbana, enfrentarse a nuevas realidades y construir lazos que trascienden lo académico. “Muchas veces buscamos un servicio social sencillo en oficinas, pero esta es una experiencia transformadora. Es cuando realmente entiendes lo que significa servir”, concluye Estefany.