
Se realizó la presentación del cuento infantil Súper Ana Paula, una publicación que invita a niñas y niños a descubrir una de las máquinas más extraordinarias que conocemos: el cerebro.
La obra, escrita por la Dra. Adriana Sánchez e ilustrada por el Lic. Diego Vázquez, propone acercar conceptos de neurociencia a las infancias de una manera sencilla, cercana y atractiva, al tiempo que incorpora distintas formas de aproximarse a la lectura, como texto convencional, braille, lengua de señas y elementos en relieve, favoreciendo la accesibilidad y la inclusión.

La autora es también impulsora del Museo del Cerebro: Itinerante e Interactivo, proyecto educativo de la Facultad de Psicología y Educación que acerca las neurociencias a personas de todas las edades mediante el juego y dinámicas lúdicas.
En la presentación participaron la Mtra. Beatriz Soto, coordinadora de BIUAQ; la LLME. Adriana Guillén Velázquez, coordinadora de ATEDI-UAQ; y la Dra. Edith Arnold Hernández, investigadora del Instituto de Neurobiología de la UNAM, quien compartió una reflexión sobre el valor de esta publicación y su capacidad para acercar el conocimiento científico a la infancia.
A continuación, compartimos íntegramente sus palabras:

Quiero comenzar pidiéndoles que imaginen por un segundo la mente de un niño de siete años o que recuerden su propia infancia, y cómo en esta etapa de la vida el mundo está lleno de grandes preguntas, como por ejemplo:
¿Por qué cuando me enojo siento que el corazón me late en las orejas?
¿Por qué se me olvidan las cosas cuando me pongo nervioso?
¿Dónde se guardan los recuerdos de mis cumpleaños pasados?
¿Por qué siento miedo?
Durante mucho tiempo, la sociedad les ha respondido a los niños con mitos o explicaciones de fantasía.
Sin embargo, cuando un niño hace estas preguntas, en realidad está planteando las mismas interrogantes que nos hacemos todos los días los investigadores en los laboratorios de neurobiología.
Al abrir las páginas de este libro, encontré una obra que no subestima a la infancia. Descubrí que la autora y el ilustrador decidieron que comprender qué es una neurona, cómo se conectan entre ellas en una red viva y que nuestro cerebro cambia cuando aprendemos algo nuevo no es un privilegio reservado para los estudiantes universitarios o científicos.
Decidieron poner el conocimiento científico directamente en las manos de los niños, envuelto en color y a través de una superheroína muy especial: Súper Ana Paula.
Cuando leí esta obra con la mirada de quien trabaja a diario en un laboratorio, lo primero que noté fue cómo logra transformar la ciencia dura en una aventura cercana.
Este libro no presenta al cerebro como un órgano estático dentro de un libro de texto, sino como un universo vivo dentro de tu cráneo y lleno de posibilidades, que un niño puede hacer suyo desde la primera página.
En la ciencia a menudo nos encerramos en términos técnicos. Hablamos de sinapsis, neurotransmisores, redes neuronales o plasticidad neuronal. Son palabras necesarias para nuestro trabajo, pero que suelen sonar lejanas para la sociedad.
Por eso, cuando se quiere compartir el conocimiento científico con la infancia, el problema no es que los niños no puedan entender la neurobiología. Al contrario: los niños son, por naturaleza, científicos natos.
Tienen la curiosidad intacta; preguntan "¿por qué?" en cadena, de forma incansable, sin miedo a equivocarse o a parecer ignorantes.
Los niños no le tienen miedo a la complejidad. La infancia es la etapa de mayor plasticidad cerebral de toda nuestra vida.
En los primeros años, el cerebro de un niño puede crear más de un millón de conexiones neuronales nuevas por segundo. Es el momento en que esas redes se forman a una velocidad asombrosa y se cablean literalmente según las experiencias que viven.
Por eso, llevarles conocimiento científico a esa edad no solo es posible, sino indispensable.
El problema no está en la capacidad de comprensión infantil; el problema es que, como adultos, muchas veces no construimos los puentes adecuados para que ese conocimiento experto cruce a la vida cotidiana y al universo infantil.
Este libro es precisamente eso: un puente. Y no cualquier puente, sino uno construido con el lenguaje que mejor comprende la infancia: la narrativa gráfica, la empatía y la aventura.
Podríamos preguntarnos por qué elegir la ilustración para explicar la ciencia del cerebro.
La respuesta nos la da la propia neurociencia cognitiva: los seres humanos no memorizamos listas de datos aislados; aprendemos mejor a través de historias y emociones.
Cuando un niño lee que dentro de su cabeza existe un cerebro con millones de neuronas que "platican y se envían mensajes" a través de la sinapsis para permitirle correr, aprender o resolver un problema de matemáticas, y ve eso ilustrado con dinamismo y color, ese concepto científico deja de ser algo abstracto. Se convierte en una imagen viva que el niño hace suya, que puede recordar y compartir.
Este libro logra una proeza: reduce la complejidad sin perder el rigor. Simplificar no es mentir; simplificar bien es traducir. Simplificar la ciencia no significa restarle valor.
Al contrario: requiere una maestría enorme tomar un concepto científico abstracto y traducirlo en una ilustración que haga sonreír a un niño mientras aprende que al cuidar sus horas de sueño está cuidando a su cerebro.
Lo que me parece especialmente valioso de Súper Ana Paula es que rompe con la idea tradicional del superhéroe. Sus poderes no vienen de una picadura de araña o de un traje de tecnología millonaria. Su superpoder es entender cómo funciona el cerebro, que es un arma poderosísima y enseñar a otros a cuidarlo.
Nos muestra que el conocimiento en sí mismo es una herramienta de transformación.
Suelo reflexionar sobre la diferencia entre la ciencia disponible y la ciencia accesible. Que la investigación sobre el cerebro esté en una biblioteca digital es tenerla disponible; pero que un niño pueda sentarse en la cama antes de dormir, hojear este libro y decirle a su mamá: "¡Mira, las neuronas de mi cerebro están platicando justo ahora porque estoy aprendiendo algo nuevo!", eso es hacer la ciencia accesible.
A veces pensamos que la ciencia en la infancia sirve únicamente para despertar futuras vocaciones científicas.
Pero un niño que entiende que su cerebro tiene la capacidad plástica de aprender algo difícil si practica lo suficiente, adquiere una confianza enorme en sí mismo.
Un niño que entiende la plasticidad cerebral, es decir, que su cerebro puede adaptarse y cambiar de acuerdo a las circunstancias y ayudarle a vencer los retos, comprende que no existe el "no soy bueno para las matemáticas" o el "no puedo hacer esto". Entiende que su cerebro es como un "músculo vivo" que se fortalece con la práctica.
Esta comprensión cambia por completo la relación que los niños tienen con el error y el aprendizaje, transformando la frustración en perseverancia.
La neurobiología contada a los niños se convierte, así, en una herramienta para la vida.
Como investigadora, estoy convencida de que una de nuestras responsabilidades sociales más importantes es devolver a la sociedad el conocimiento que generamos en los laboratorios. Pero debemos devolverlo de una manera que sea verdaderamente accesible.
Un libro de divulgación ilustrado como este es un ejercicio de accesibilidad genuina: toma décadas de investigación neurobiológica y las transforma en una experiencia que un niño puede leer de forma autónoma, disfrutar en familia y, sobre todo, conservar en su memoria.
Además, en un mundo saturado de información donde abundan los mitos —como la idea de que solo usamos el diez por ciento de nuestra capacidad—, enseñar ciencia real desde la infancia les otorga un filtro de pensamiento crítico.
Por otra parte, proyectos de esta naturaleza demuestran que el arte y la ciencia no son mundos opuestos, sino aliados indispensables. Los científicos aportamos las preguntas y los datos; los artistas aportan las emociones y los colores que hacen que esos datos permanezcan en el corazón de los lectores.
Concluyo con una felicitación para los creadores de esta obra y agradezco la oportunidad de ser parte de esta presentación.
Súper Ana Paula no llega como un libro más; llega como una invitación a explorar el territorio más fascinante del universo: nuestro propio cerebro.
Y quizás, en unos años, alguno de los niños que hojee este libro decida cruzar las puertas de la UAQ, el Instituto de Neurobiología de la UNAM o de cualquier centro de investigación del mundo, para convertirse en el científico que responda las preguntas que hoy todavía no sabemos contestar.
Que Súper Ana Paula nos recuerde a todos que no hay mayor superpoder que el deseo inagotable de seguir aprendiendo...